Manifiesto del Ciberhumano
Un análisis de la sociedad poshumana
Un tratado del Karl Matthew Wright
Un espectro recorre el mundo: el espectro de la inteligencia artificial. Durante demasiado tiempo, los líderes mundiales —tanto de grandes como de pequeñas naciones— han prestado escasa atención a este fenómeno creciente. En conjunto, las herramientas avanzadas, como el aprendizaje automático, no son intrínsecamente buenas ni malas, sino simplemente medios inertes para alcanzar cualquier fin. Sin embargo, los medios digitales de producción se han convertido en un elemento central de una estructura económica global que, al menos en el hemisferio occidental, ha favorecido enormemente el modelo económico capitalista. Internet nació con la idea de compartir información y fomentar el conocimiento común, impulsado por el deseo de preservar el saber humano. Con el paso del tiempo, quienes perfeccionaron el arte de acumular riqueza aprovecharon este nuevo medio digital para emprender negocios lucrativos. En este proceso, sectores industriales enteros han desaparecido a medida que la automatización y las herramientas en línea sustituían a los métodos tradicionales y más lentos de hacer negocios.
Existe una cierta desconexión inherente entre el modelo económico capitalista y la sociedad digital. Una característica fundamental del modelo económico basado en la acumulación de capital es la escasez artificial. En el mundo digital, la escasez artificial no es en absoluto algo natural; los archivos y los datos pueden copiarse y transmitirse por todo el mundo en cantidades prácticamente ilimitadas y en cuestión de milisegundos. Esto constituye la antítesis de la escasez artificial. Los intentos deliberados de crear escasez artificial digital, como los NFT, han tenido un éxito muy limitado. Por lo general, los únicos NFT que gozan de la popularidad suficiente para servir como activos de valor son aquellos creados por personas ya famosas, cuya obra cuenta de antemano con el respaldo de sus seguidores. Estas mismas personas obtendrían un éxito similar —o incluso mayor— vendiendo camisetas y gorras; por tanto, forzar intencionadamente la escasez artificial en un medio que carece de ella por naturaleza supone llevar al límite la credibilidad de las infraestructuras digitales.
Esto ilustra el conflicto entre el antiguo orden natural del modelo económico de acumulación de capital y la nueva sociedad digital, con sus posibilidades prácticamente ilimitadas. La evolución natural del ser humano a lo largo de los últimos cincuenta mil años —o más— ha favorecido la creación y el uso de herramientas. La transición de la humanidad hacia la nueva sociedad digital no es diferente. Quienes posean y utilicen los medios de producción digitales gozarán de una ventaja evolutiva sobre los demás. Se trata de una realidad que invita a la reflexión seria, ya que conlleva el riesgo evidente de agudizar las desigualdades y las estructuras de clase preexistentes. Es imperativo que quienes ya poseen estos medios de producción digitales garanticen que el nuevo orden mundial —que evoluciona hacia una sociedad digital— sea uno en el que todos los seres humanos tengan un acceso equitativo y sin distinción de clases a los recursos. El surgimiento del «ciberhumano» representa tanto una oportunidad extraordinaria como un riesgo de desastre.
Muchas naciones ya están llevando a cabo la importante labor necesaria para garantizar que la nueva sociedad digital sea justa y equitativa. La mayoría de los Estados que se encuentran a la vanguardia de la convergencia entre tecnología y sociedad pertenecen a la Unión Europea. Lamentablemente, existen varios países del primer mundo, así como muchos del segundo y tercer mundo, que han ignorado en gran medida esta evolución en tiempo real hacia una sociedad digital. La escasez artificial ya no es un método viable para el funcionamiento habitual de la actividad económica. Aquellos que insistan en mantener el *statu quo* de la escasez artificial se quedarán atrás en la evolución digital, tal como les ocurrió a muchas tiendas físicas que no sobrevivieron a los albores de la era de Internet. Se ha hablado mucho sobre el potencial del aprendizaje automático para erradicar el concepto de empleo y carrera profesional. La incómoda verdad es que la necesidad de que los seres humanos vendan su fuerza de trabajo para subsistir acabará desapareciendo, de una forma u otra. Vender la propia fuerza laboral como medio de supervivencia ha sido una conducta humana habitual desde los inicios de la era industrial. Sin embargo, en una sociedad puramente digital, no hay trabajo que realizar; por consiguiente, no hay trabajo que vender. Esto, naturalmente, cuestiona la naturaleza misma del modelo económico basado en la acumulación de capital. No obstante, son muchos quienes han cuestionado el capitalismo a lo largo de los dos últimos siglos.
Diversos filósofos han propuesto una amplia gama de teorías sobre cómo debería organizarse una sociedad al margen del modelo capitalista, obteniendo resultados dispares. Todos estos pensadores revolucionarios formularon sus modelos antes de la llegada de la era digital. Sin embargo, la sociedad digital conlleva un replanteamiento de la forma en que los seres humanos se relacionan consigo mismos y con el resto del planeta. Estamos entrando en la era del ciberhumano. Esta idea resulta inquietante para algunos, mientras que otros prefieren ignorar la realidad y actuar como si nada hubiera cambiado. No obstante, el surgimiento del ciberhumano es un fenómeno que debe abordarse de manera deliberada. Nos guste o no, es preciso prepararse para la transición hacia esta nueva era digital. Abordar los factores clave que obstaculizan una transición fluida hacia una sociedad digital resulta esencial para garantizar que cada localidad esté preparada para este nuevo orden mundial.
Quienes han acaparado para sí las ventajas y beneficios de la escasez artificial física son los que más tienen que perder; por ello, serán ellos quienes encabecen la oposición más férrea a cualquier evolución social. Se trata de una reacción natural, común a lo largo de la historia evolutiva. La era de los dinosaurios llegó a su fin no porque estas criaturas carecieran de suficiente tamaño o potencia, sino porque no supieron adaptarse a las nuevas temperaturas que experimentaba el planeta. Del mismo modo, aquellos que se aferran a ideas obsoletas sobre el funcionamiento de la Tierra y del propio universo se verán abocados a la extinción. Existen tres factores clave que impiden que la sociedad actual se prepare adecuadamente para la sociedad del mañana. El primero de ellos, que obstaculiza una transición fluida hacia una sociedad digital, es el prejuicio jurídico.
Cuando todo el orden social de una nación se construye para favorecer a un grupo sobre los demás, y el propio sistema judicial está estructurado para garantizar dicho prejuicio, resulta muy difícil liberar a la sociedad de este veneno con la rapidez necesaria para evitar que derive hacia la irrelevancia o incluso la extinción. El segundo factor clave que impide una transición fluida hacia una sociedad digital es la ignorancia. Si una sociedad no comprende que se encuentra en el umbral de un nuevo orden mundial, y si los conceptos que se enseñan a sus ciudadanos desde temprana edad se basan en ideas ya desacreditadas, poco se puede hacer para ayudarla mientras el resto del mundo evoluciona más allá de su alcance. El tercer factor clave que obstaculiza esta transición fluida es el acceso a los medios digitales de producción. Aunque los ciudadanos conozcan la ciencia y la tecnología propias de una sociedad digital, si carecen de acceso a ellas, permanecen efectivamente aislados de su propia evolución hacia un futuro ciberhumano.
Abordar los Prejuicios Judiciales
Los seres humanos han pasado los últimos cincuenta mil años construyendo culturas y jerarquías sociales que, en gran medida, surgieron de la necesidad de aquel entonces y que, en la mayoría de los casos, fueron el resultado de la supervivencia del más apto en un contexto tribal. Las supersticiones y los dogmas religiosos —que constituyen un obstáculo enorme para una transición fluida hacia una sociedad digital— hunden sus raíces en esas épocas precientíficas. Si bien cumplieron una función aparente para llevar a la humanidad hasta el punto actual, estas antiguas formas de pensar ya no resultan útiles ni necesarias. En Estados Unidos, hace más de dos siglos, unos hombres blancos que detestaban la monarquía británica buscaron crear una nueva nación, concebida —según imaginaban— en libertad. Por supuesto, no eran conscientes de sus propios sesgos y prejuicios, tal como ocurre con la mayoría de los hombres blancos; sin embargo, sí procuraron separar la Iglesia del Estado, un paso fundamental para establecer una sociedad laica.
Sin embargo, su falta de respeto fundamental hacia sus semejantes y los sesgos institucionales que envenenaron sus mentes a través de las estructuras del derecho consuetudinario inglés se manifestaron en los documentos que redactaron al fundar los Estados Unidos de América; hasta el día de hoy, los estadounidenses deben lidiar con los prejuicios judiciales vigentes desde 1776. Con el paso del tiempo, se ha avanzado en la abolición de muchas de las violaciones de derechos humanos más atroces y repugnantes que echaron raíces en el sistema jurídico estadounidense. No obstante, persiste una desigualdad fundamental en la manera en que dicho sistema aborda el delito y el castigo. Estados Unidos encarcela a más personas que cualquier otro país del mundo, con gran diferencia. Y, en términos de programación informática, eso es una característica del sistema, no un error.
El llamado sistema de justicia penal estadounidense fue diseñado y construido para garantizar que las personas desfavorecidas permanezcan en esa condición y para mantener en marcha, sin contratiempos, los mecanismos de acumulación de capital en beneficio de los ricos. El capitalismo requiere un ejército de mano de obra excedente para asegurar que los trabajadores que logran emplearse no puedan exigir una remuneración elevada por su fuerza de trabajo, dado que el único activo real que posee el trabajador es precisamente esa capacidad laboral que puede vender al propietario del capital. Estados Unidos ha perfeccionado el arte de explotar al trabajador al garantizar que un amplio sector de los ciudadanos más pobres caiga fácilmente en las redes del sistema de justicia penal; una vez allí, estas personas pueden verse obligadas a realizar trabajos forzados —similares a la esclavitud— dentro del sistema penitenciario o a subsistir con un salario mínimo de por vida tras recuperar la libertad. Incluso aquellos integrantes de la clase trabajadora más pobre que carecen de antecedentes penales se ven perjudicados, pues deben competir con otras personas obligadas a trabajar gratis o por el salario mínimo.
Los sesgos institucionales evidentes en los prejuicios del sistema judicial estadounidense han permitido a las fuerzas del orden acumular poderes prácticamente sin control a lo largo de las décadas. Estados Unidos se ha convertido en un notorio foco de brutalidad policial en comparación con la mayoría de los demás países del mundo. Sin embargo, con la transición hacia una sociedad digital, este problema se agudiza. Ya se han invertido billones de dólares en el desarrollo de herramientas digitales para uso de las fuerzas del orden; muchas de estas herramientas no se divulgan públicamente ni cuentan con la aprobación del Congreso. El deseo de saberlo todo sobre todos, en nombre de la seguridad nacional, ha resultado ser una tentación demasiado grande. Esta es la situación en la que se encuentra la mayoría de la población estadounidense. Todas las grandes empresas tecnológicas de EE. UU. han creado portales en sus sitios web exclusivos para las fuerzas del orden, permitiendo a los agentes un acceso prácticamente irrestricto. En Estados Unidos, los derechos a la privacidad digital han quedado, en gran medida, relegados a un segundo plano. Por muy implacable que sea el sistema judicial estadounidense, carece de recursos para procesar a cada persona por cualquier acto ilegal que haya cometido en el pasado; la generación de tal volumen de casos paralizaría el sistema judicial hasta hacerlo colapsar. En su lugar, los agentes seleccionan a quiénes investigar tras determinar la existencia de causa probable, desplegando los peores aspectos del sesgo institucional estadounidense con la eficiencia de la automatización digital.
Este es un ejemplo creciente de una sociedad digital distópica. Si cabe extraer alguna buena noticia de este hecho, es que el fenómeno se limita a Estados Unidos y China. La mayor parte del resto del mundo no desea tal nivel de vigilancia al transitar hacia una sociedad digital. No obstante, dado que los líderes políticos estadounidenses al menos hacen un esfuerzo calculado por proyectar la imagen de una sociedad funcional ante el resto del mundo, existe cierto incentivo para abordar este obstáculo creciente. Pero debe entenderse claramente que los problemas que impiden una transición fluida hacia una sociedad digital en Estados Unidos no se resolverán por sí solos; deben ser abordados deliberadamente por los propios ciudadanos. De lo contrario, aguarda un país distópico, y Estados Unidos tendrá la misma credibilidad internacional que Afganistán o Corea del Norte.
Sin embargo, si somos honestos con nosotros mismos y miramos más allá de la superficie, debemos reconocer que cualquier problema que Estados Unidos tenga con la brutalidad policial es un problema estructural. La mayoría de las demás naciones del hemisferio occidental mantienen a sus agentes del orden bajo un control estricto y no dudan en imputar cargos penales a cualquier individuo que cometa actos graves. Los políticos estadounidenses y los acaudalados propietarios de capital podrían actuar con rapidez para abordar la brutalidad policial si tuvieran la más mínima voluntad de hacerlo. Eligen deliberadamente no hacerlo porque el *statu quo* favorece su propio poder arraigado, y carecen de cualquier motivación para cambiarlo. De hecho, realizar cambios sociales en este momento perturbaría enormemente su acumulación de riqueza y la extracción del valor del trabajo de los obreros.
No obstante, se avecina un cambio social profundo, les guste o no, y la transición hacia una sociedad digital ocurrirá con o sin su cooperación. El surgimiento del ciberhumano es inevitable; por tanto, la cuestión de si la transición será caótica o fluida recae directamente sobre los propios ciudadanos: los trabajadores de la nación y los votantes que eligen a sus líderes. Los trabajadores deben enfrentarse a las barreras erigidas para impedirles impulsar, por iniciativa propia, cualquier cambio social de gran envergadura. Tradicionalmente, esto se ha logrado mediante ciclos generacionales de pobreza que condenan a los miembros menos favorecidos de la sociedad a las cadenas de la ignorancia y la miseria, convirtiéndolos así en presas fáciles para la crueldad de los prejuicios judiciales sistémicos.
Ya han comenzado las primeras etapas de la transformación hacia una sociedad digital, y actualmente se emplean las herramientas de los medios de producción digitales para señalar y clasificar a los individuos de formas que antes resultaban casi imposibles; al menos en aquellas naciones que ya arrastran un sesgo institucional intrínseco. Además de identificar y vigilar a grandes grupos pertenecientes a determinadas clases económicas, es posible señalar y monitorear a individuos simplemente por resultar incómodos para los acaudalados propietarios del capital y su desenfrenada acumulación de riqueza. Este sistema de identificación y vigilancia no es desconocido para la población general, al menos en teoría. Se han publicado numerosos artículos sobre la vigilancia digital, por lo que existe una noción superficial del problema.
Sin embargo, los líderes políticos han logrado desviar la atención de la mayor parte de la clase trabajadora mediante cortinas de humo, redirigiendo la inquietud de los votantes hacia otros ámbitos; por lo general, hacia los mismos argumentos falaces sobre divisiones raciales y culturales. En la práctica, este sistema de identificación digital supone un arma de doble filo para las instituciones y corporaciones que lo implementan. La realidad es que los individuos señalados digitalmente son objeto de un escrutinio más riguroso, y dicho escrutinio conlleva oportunidades para malgastar los recursos de las instituciones de maneras inéditas. La transición hacia una sociedad digital conducirá inevitablemente a un escenario en el que el «ciberhumano» estará prácticamente libre de limitaciones y barreras. No obstante, en este proceso se agudizarán las grietas en los cimientos de los prejuicios judiciales, a medida que la vieja guardia se aferre a sus posturas en un intento de resistirse a la transformación.
Aprovechar al máximo el sistema de señalamiento y volverlo contra sus propios creadores será un elemento clave en la lucha por superar las barreras institucionales en aquellos Estados con antecedentes de prejuicio judicial. El aparato de seguridad del Estado capitalista opera bajo una tensión excesiva y se distrae con facilidad. Está obsesionado con buscar amenazas inexistentes, ya que la escasez artificial inherente al capitalismo conlleva la necesidad de hallar sustento por cualquier medio posible. Y el eslabón más débil es el propio sistema judicial. Por norma general, un tribunal no aceptará un caso en el que el enjuiciamiento cause más daño que el beneficio que pudiera aportar la justicia percibida. El sistema judicial estadounidense fue concebido para actuar como un martillo de castigo contra quienes viven atrapados en las cadenas de la pobreza generacional. No fue diseñado para servir de plataforma de difusión de mensajes ni como un vehículo de información en sí mismo.
Sin embargo, para aquellos señalados para un escrutinio especial, esto es precisamente lo que se puede lograr. Es posible inundar sistemas judiciales enteros con un tsunami de lo que, en otras circunstancias, se calificaría de pruebas, pero que en realidad constituye una grandiosa tribuna pública. Cada generación tiene sus héroes: personas que comprenden las necesidades y carencias de su sociedad y aprovechan las oportunidades para impulsar nuevas formas de pensamiento. Los activistas que trabajan por una sociedad digital no son una excepción. Utilizar los prejuicios judiciales para sembrar la semilla de su propia destrucción es el método de cambio primordial para quienes aspiran a tomar el control de los medios de producción digitales. En la estructura actual de la sociedad capitalista, no resulta difícil ser objeto de este tipo de señalamiento. Cuantas más actividades simultáneas desencadenen un escrutinio exhaustivo, mayores serán las oportunidades de malgastar recursos ingentes en una plataforma de difusión de mensajes. Asimismo, los procesos de reforma tienden a desarrollarse de manera desigual en una nación como Estados Unidos.
Algunos estados y ciudades se muestran más receptivos que otros a prepararse para una transición fluida hacia la sociedad digital, abordando los problemas preexistentes del sistema judicial y reconstruyendo una base jurídica que erradique los antiguos sesgos institucionales. Esto es, sin duda, encomiable, y para el ciberactivista, estos lugares representan probablemente los ámbitos más eficaces en los que centrar sus esfuerzos. En una sociedad puramente digital, la necesidad de un sistema de justicia penal y de fuerzas del orden es inexistente. En la sociedad ciberhumana, no hay escasez ni carencias, y cada ciberhumano está capacitado para gestionar su propia ciberseguridad. Por consiguiente, no existen el delito ni el castigo.
Se trata de una utopía bajo casi cualquier criterio, así como del extraordinario futuro que aguarda a nuestros descendientes; o, más bien, a los descendientes de algunas de las personas que viven hoy en día. Es una gran incógnita qué civilizaciones sobrevivirán a la evolución de la humanidad hacia la ciberhumanidad. Aferrarse desesperadamente a ideales antiguos y obsoletos —en una búsqueda quijotesca por preservar mitos irracionales sobre la gloria y la superioridad de lo que, en realidad, es un sistema judicial fallido— constituye el colmo de la insensatez. No hay honor alguno en hundirse hasta el fondo del océano a bordo de un barco social que naufraga, en lugar de subir al bote salvavidas y proseguir con los procesos evolutivos. Pero, como ocurre con casi todo, es preciso tomar decisiones.
Abordar la Ignorancia
Ante todo, es preciso comprender que la humanidad ha logrado un enorme progreso evolutivo en la comprensión del mundo y de su lugar en el universo. Muchas supersticiones antiguas han quedado atrás, ya que resultó insostenible justificar creencias ilógicas. En su mayor parte, los seres humanos ya no consideran válida la idea de que la Tierra es plana o de que esta es el centro del sistema solar y el Sol gira a su alrededor. Del mismo modo, la humanidad atraviesa actualmente un proceso de transición en el que estamos comprendiendo la naturaleza del universo a un nivel sin precedentes, y aquellas opiniones mantenidas sin justificación están siendo sometidas a escrutinio. Lamentablemente, este nivel de educación e ilustración humana ha sido desigual en todo el mundo. Algunas localidades han realizado una labor extraordinaria educando a sus ciudadanos desde la infancia en una gran variedad de materias, preparando así a sus jóvenes para el futuro.
Otras, en cambio, han apostado todo a la superstición y la religión, condenando a sus jóvenes a un futuro de ciudadanía de segunda clase en el escenario mundial. En Estados Unidos, se ha hablado mucho de decisiones políticas y judiciales que han puesto de manifiesto el nivel de ignorancia imperante entre la ciudadanía. Los votantes ignorantes eligen líderes ignorantes, quienes a su vez nombran jueces ignorantes que emiten opiniones carentes de ilustración. Estados Unidos se está distanciando cada vez más del resto del mundo en múltiples cuestiones, y el país ya no puede confiar en su mera capacidad de imposición coercitiva para imponer sus puntos de vista a la población mundial. Quizás esta transición armoniosa resulte inalcanzable para ellos, y tal vez las inevitables presiones evolutivas hacia la sociedad digital del «ciberhumano» resulten más caóticas en Estados Unidos que en cualquier otra parte del mundo. Es una decisión que recae directamente sobre los hombros de sus dirigentes.
Puede haber una decisión deliberada de hacer lo difícil pero necesario, o bien una decisión deliberada de hacer lo políticamente conveniente para obtener el beneficio a corto plazo de ganar una sola elección. En cierto modo, esto desafía el concepto de la voluntad democrática del pueblo; sin embargo, la realidad es que, si Estados Unidos hubiera implementado un sistema educativo adecuado hace 50 años, esto ni siquiera sería un problema. Uno de los supuestos beneficios de una democracia moderna es la protección de los derechos de las minorías. Un Estado fascista surgido de la voluntad mayoritaria en las urnas sigue siendo, estrictamente, fascismo. Así pues, nos planteamos cómo sería el sistema educativo ideal. Ante todo, dicho sistema debería basarse únicamente en hechos y en planes de estudio revisados por expertos y validados a nivel mundial, evitando caer en las trampas de los peores sistemas de creencias nacionalistas y sistémicos que encadenan a los ciudadanos a un ciclo de desinformación e ignorancia.
El sistema educativo ideal debería capacitar a los docentes para transmitir, de manera sencilla y entusiasta, conocimientos fundamentales de matemáticas y ciencias a niños de preescolar y primaria, fomentando en cada ciudadano el instinto permanente de procesar información y tomar decisiones basadas en la lógica y el buen juicio, en lugar de en la superstición o en sistemas de creencias insostenibles. Este sistema ofrecería una gran abundancia de libros y textos que reflejaran una variedad de puntos de vista, permitiendo que el estudiante eligiera qué obras leer. Asimismo, proporcionaría la orientación necesaria para que cada individuo pudiera ser auténtico, en lugar de convertirse en una caricatura de lo que pretenden los sectores que ostentan el poder capitalista. Gran parte de la ignorancia persistente en todas las culturas humanas deriva de valores perjudiciales profundamente arraigados, legado de una comprensión precientífica del mundo. Hoy sabemos, gracias a la ciencia, que los seres humanos somos simplemente una especie más de mamífero, una rama en el árbol genealógico de todos los animales de la Tierra. No hay nada especial ni intrínsecamente valioso en los seres humanos; sin embargo, ansiamos desesperadamente ser especiales y valiosos. Por ello, todas las culturas se aferran a sus propias mitologías, que construyen relatos para justificar su carácter especial. Aquí reside el origen de la mayoría de los conflictos. Si nos permitiéramos ser las criaturas naturales que realmente somos, desaparecerían muchos de los problemas derivados de las divisiones culturales y las fronteras que nos separan.
No hay nada intrínsecamente bueno en ser heterosexual. No hay nada intrínsecamente bueno en ser monógamo. No hay nada intrínsecamente bueno en tener un empleo. No hay nada intrínsecamente bueno en ser blanco. De hecho, no hay nada intrínsecamente bueno en el concepto de «bueno». Los filósofos han reflexionado durante siglos sobre el sentido profundo de la vida, y lo único que hemos obtenido a cambio es una hoja de ruta de dónde hemos estado, pero no tanto de hacia dónde nos dirigimos. En algún momento de los próximos miles de millones de años, este sistema solar que llamamos hogar dejará de existir y desaparecerán todos sus vestigios físicos. Es muy razonable suponer que el futuro ciberhumano será capaz de mantener una existencia digital más allá de nuestro actual sistema solar y de sobrevivir al colapso del Sol. Resulta difícil hacer predicciones a tan largo plazo, pero es posible que se establezcan colonias de ciberhumanos por toda la galaxia. Quizás incluso por todo el universo.
Sin embargo, los sistemas educativos actuales de muchas partes de la Tierra no están en absoluto preparados para ese futuro. Muchos ni siquiera quieren reconocer que estos cambios son inevitables. No obstante, el consumo excesivo de los recursos terrestres —un elemento clave del modelo económico basado en la acumulación de capital— no puede prolongarse mucho más. La escasez artificial no puede prolongarse mucho más. El nacionalismo agresivo no puede prolongarse mucho más. Si llegan a producirse distopías al estilo de *Los juegos del hambre* en la Tierra, estas se limitarán a aquellos Estados que se negaron a abandonar el modelo económico de acumulación de capital antes de que fuera demasiado tarde. Existen suficientes naciones en la Tierra que se han preparado adecuadamente para la sociedad digital como para garantizar la supervivencia del ciberhumano. La ignorancia será un factor determinante a la hora de decidir qué grupos se precipitan hacia la extinción.
Y esta es, en realidad, la pregunta que cada ser humano debe plantearse: ¿quiere formar parte de la extinción o del futuro? En algún momento del futuro de la sociedad digital, será posible desplazarse a través del tiempo para observar los acontecimientos tal como ocurrieron realmente. Cuando el ciberhumano vea la historia como sucedió de verdad —y no como los narradores de relatos oficiales quieren hacernos creer—, muchas creencias profundamente arraigadas se desmoronarán; si es que no lo han hecho ya. Los viajes en el tiempo son matemáticamente posibles, aunque actualmente no sean tecnológicamente viables. Eso acabará cambiando. No obstante, ya disponemos de los conocimientos matemáticos y científicos suficientes para comprender gran parte de la naturaleza del universo.
Es un grave perjuicio para los jóvenes actuales saturarlos con filosofías que ya sabemos desacreditadas, todo ello con el único fin de ganar capital político y captar votos. Como dice el dicho, tarde o temprano habrá que pagar la factura. Muchas de las dificultades que perpetúan la ignorancia generacional se deben a que a un gran número de empresas tecnológicas solo les interesa aumentar sus beneficios. Y el surgimiento de controversias en sus plataformas que desafíen ideales basados en la ignorancia va en detrimento de esas ganancias. A estas corporaciones no les interesa en absoluto el crecimiento beneficioso de la humanidad en su transición hacia una sociedad digital. Los beneficios son la prioridad número uno. También lo son la dos y la tres. Y así sucesivamente. A estas alturas, esperar algo distinto de una empresa tecnológica es una insensatez.
Es imperativo que los sistemas educativos y el intercambio de conocimientos e información se organicen sin depender de empresas con fines de lucro ni de inversiones de capital; bajo ninguna circunstancia. La hipótesis de la privatización se ha puesto a prueba en repetidas ocasiones y ha fracasado estrepitosamente cada vez que se ha implementado. Su lamentable historial habla por sí solo. Combatir la ignorancia mediante la educación ha sido un rasgo distintivo de las sociedades progresistas durante siglos, si no milenios. Incluso hoy en día, existen sociedades progresistas que educan y preparan a sus ciudadanos para el crecimiento y la evolución.
Por otro lado, existen sociedades no progresistas que prohíben libros, obstaculizan la educación y condenan a sus ciudadanos a una futura extinción. Aunque la elección correcta debería parecer obvia, quienes viven encadenados a la servidumbre generacional de la ignorancia y el oscurantismo son incapaces de comprender la verdadera magnitud del riesgo que corren. Por ello, los líderes políticos deben tomar decisiones difíciles para evitar su propia ruina. El conocimiento es poder.
Abordar el Acceso
El acceso directo a los medios digitales de producción es imperativo para una sociedad digital funcional. Asimismo, es fundamental que dichos medios sean accesibles para todos los ciudadanos, independientemente de cualquier otra circunstancia personal. La igualdad digital exige un acceso sin trabas como derecho fundamental. El modelo económico capitalista tiende a favorecer a la empresa privada como proveedora de acceso digital, pero dicho modelo no suele respetar los derechos fundamentales. Por consiguiente, el Estado tiene la obligación de garantizar el acceso a la sociedad digital. Esta cuestión ya se está abordando e implementando en muchos Estados miembros de la UE, así como en la mayoría de los países asiáticos. Son principalmente las naciones que promueven un capitalismo desenfrenado y sin restricciones las que han ignorado esta tendencia.
Más allá del acceso digital directo, existen aspectos secundarios de la sociedad digital que también requieren accesibilidad. Precisamente, estos aspectos son los que han encontrado mayores dificultades en los Estados-nación que defienden un capitalismo desenfrenado. Conceptos como la atención sanitaria universal, la renta básica universal y la garantía de vivienda generan mucha más controversia de la que deberían. A medida que el mundo avanza hacia una sociedad con recursos digitales ilimitados, los conceptos obsoletos de escasez artificial en materia de vivienda, salud e ingresos se volverán ineficientes o incluso imposibles de mantener. Dado que ya se han escrito numerosas obras sobre la renta básica universal y la atención sanitaria universal, el presente texto constituye más bien un examen general que un análisis exhaustivo.
En última instancia, los únicos estados que sobrevivirán a la transición hacia una sociedad digital serán aquellos que desvinculen las necesidades básicas —como la alimentación, la vivienda y otros requerimientos esenciales— del trabajo y la actividad laboral. Con el tiempo, el trabajo humano dejará de ser necesario y será preciso implementar un nuevo modelo para garantizar una sociedad próspera. La cuestión del trabajo humano es un tema crucial al analizar las barreras de acceso para una transición fluida hacia una sociedad digital. El derecho a la existencia es un derecho humano fundamental; sin embargo, resulta muy difícil para una persona sostener su vida en una sociedad donde el trabajo humano carece de valor. No obstante, hacia allí nos dirige la evolución: el trabajo humano terminará por perder su valor. Es inevitable. Por ello, las leyes de derechos humanos y las constituciones deben tener en cuenta esta realidad.
Este es otro ejemplo de un tema que ofrece una ventana de oportunidad muy estrecha para abordar un aspecto clave, y que conlleva consecuencias nefastas para aquellos estados que no aprovechen ese breve margen para prepararse de cara al futuro. Es un asunto que no solo no debe posponerse, sino que no puede postergarse más. Ya no queda camino por el cual patear el problema hacia adelante; solo resta un precipicio: el abismo de la extinción. Existe un gran número de sindicatos y asociaciones laborales que aportan enormes beneficios a sus miembros y velan por el bien común de sus organizaciones. Durante más de un siglo, estas entidades han luchado en defensa de sus afiliados para asegurar salarios y retribuciones justos a cambio de una jornada laboral honesta, y continúan hoy con esta extraordinaria labor de defensa.
Resulta vital que estos grupos prosigan su defensa de los trabajadores impulsando leyes que consagren la vivienda, la alimentación y la atención sanitaria como derechos humanos. Al hacerlo, no solo se protegerán los derechos actuales de los trabajadores a recibir una remuneración justa por su labor, sino que también se preparará a las personas del mañana para gozar de sus derechos humanos básicos en un mundo donde los empleos ya no existirán. Por lamentable que resulte decirlo, ha llegado el momento de prepararse para el fin del valor del trabajo. Queda mucho por hacer para incorporar las necesidades básicas de la existencia humana en las leyes de derechos humanos y en las normas constitucionales. Esto no puede dejarse al azar; hay que luchar por ello con el mismo vigor que se desplegó en las victorias laborales de antaño.
La mayoría de los países del primer mundo poseen vastas extensiones de tierras públicas que se mantienen deliberadamente al margen de la actividad humana. Desde una perspectiva medioambiental, esto es importante y necesario; sin embargo, también constituye una forma de escasez artificial. El Estado tiene la facultad de destinar tierras públicas a la vivienda humana. El hecho de que esto no ocurra actualmente en gran parte del hemisferio occidental genera una escasez artificial de viviendas; esta situación, sumada a unos procesos de obtención de permisos de construcción deliberadamente complejos y costosos, deriva en un mercado inmobiliario con precios muy superiores a los que sostendría un mercado libre genuino. Ahí reside el verdadero problema. No existen los mercados libres. La propia expresión es un mito difundido por líderes estatales que defienden el modelo económico capitalista; estos requieren términos de marketing atractivos para que los ciudadanos en situación de desventaja se sientan optimistas ante la posibilidad de llegar a ser ricos algún día. Tal cosa nunca sucederá, dadas las razones ya expuestas sobre los prejuicios judiciales.
No obstante, lo fundamental aquí es garantizar el acceso a todos los ciudadanos digitales, incluido el acceso a los recursos habitacionales que generaciones anteriores de políticos han bloqueado mediante mecanismos de escasez artificial. Parece persistir el error de suponer que la transición hacia una sociedad digital está a décadas de distancia y que no requiere atención alguna. Es una forma de pensar sumamente peligrosa. Las etapas iniciales de la transición ya han comenzado. Postergar la solución del problema es una receta segura para una transición caótica, o incluso para la extinción total. En la nueva sociedad digital, la existencia del ciberhumano es tan fundamental como la existencia física del ser humano. El derecho a existir es inalienable. Gran parte de la infraestructura actual de las vías digitales es propiedad de corporaciones y está gestionada por ellas; y dichas corporaciones solo velan por sus propios intereses lucrativos.
Un ciberhumano no puede salvaguardar su propio derecho a existir cuando depende de una empresa privada que no valora los derechos de los ciberhumanos. Cuando una corporación puede modificar y eliminar datos relacionados con el ciberhumano a su antojo, se le priva efectivamente de todo derecho a existir. Este es un aspecto clave de la accesibilidad que debe abordarse. Y, de hecho, se está abordando en lugares donde los derechos de privacidad digital son fundamentales tanto para los líderes políticos como para los ciudadanos. Lamentablemente, en Estados Unidos no solo el Estado ignora esta cuestión, sino que los líderes políticos estadounidenses promueven activamente que sean las corporaciones privadas quienes tomen todas las decisiones sobre las vías digitales.
Esto está sembrando, en realidad, las semillas de la extinción de Estados Unidos como participante en la sociedad digital ciberhumana. Decir que esto constituye un obstáculo para una transición fluida hacia una sociedad digital es quedarse corto. Aún no es demasiado tarde para comprender la gravedad de este problema y rectificar el dilema de la infraestructura. Sin embargo, la ventana de oportunidad es muy estrecha y se cerrará rápidamente. Y ese es, precisamente, el objetivo fundamental de este manifiesto. Se han planteado las oportunidades para superar estas barreras prohibitivas. Ahora recae sobre los ciudadanos la responsabilidad de exigir cuentas a sus líderes, y sobre los líderes mundiales la de tomar las decisiones correctas para garantizar su lugar colectivo en una nueva sociedad digital. Las plazas públicas y los ayuntamientos digitales son, en esencia, iguales a sus equivalentes físicos, y resulta vital que el propio Estado proporcione estos beneficios a la sociedad como una forma básica de accesibilidad.
El Estado suele proporcionar bibliotecas físicas y parques donde los ciudadanos pueden reunirse. Este modelo de bien público existe desde, al menos, la época romana, o incluso desde el antiguo Egipto. Hasta ahora, en la evolución tecnológica, el desarrollo y lanzamiento de bienes públicos virtuales —como el que nos ocupa— se han dejado en manos de empresas privadas. Como ya se ha señalado, las corporaciones que solo valoran los beneficios y la acumulación de su propia riqueza tienen un historial muy deficiente a la hora de aportar beneficios a la ciudadanía; por tanto, sería una gran insensatez esperar algo distinto en el futuro. Es preciso realizar esfuerzos deliberados para financiar y construir un entorno digital en el que pueda desarrollarse la sociedad ciberhumana. No es algo que deba dejarse al azar. La buena noticia es que las entidades gubernamentales poseen una excelente trayectoria en planificación urbana y diseño cívico, por lo que dichas competencias pueden aprovecharse plenamente para planificar la nueva sociedad digital.
En Resumen
La humanidad transitará hacia una sociedad digital. El surgimiento del ciberhumano es inevitable, a pesar de todos los esfuerzos por detenerlo o retrasarlo. Como se ha comentado anteriormente, existen principios sociales del viejo orden que frenarán considerablemente a cualquier Estado que se niegue a abordarlos. Las consecuencias de negarse a evolucionar junto con el resto del mundo son significativas. A quienes se nieguen a permitir una transición fluida hacia una sociedad digital les espera un proceso caótico y posiblemente catastrófico. Los disturbios y la agitación social masiva azotarán a aquellas ciudades que hayan abandonado a sus ciudadanos y ya no puedan proporcionarles recursos. El malestar social será relativamente breve, ya que la evolución y la extinción generan rápidamente un nuevo orden para llenar el vacío dejado atrás. Para quienes se preocupan por su futuro y el de la sociedad misma, ha llegado el momento de empezar a prepararse para una verdadera sociedad digital. Y para algunos, esto podría implicar trasladarse físicamente a una jurisdicción que ofrezca las mejores probabilidades de éxito durante el periodo de transición. Esto no es una historia de terror, ni mucho menos un relato sombrío de desesperación y distopía.
El futuro de la sociedad digital está lleno de posibilidades y beneficios ilimitados. Es la progresión natural de una evolución que comenzó con los organismos unicelulares más diminutos y llega hasta nuestros días. Si las palabras aquí expuestas contienen algún tono de advertencia, es porque los preparativos para el amanecer de esta nueva era de existencia han sido insuficientes. Lamentablemente, esta falta de preparación adecuada se debe en gran medida a las tres barreras mencionadas anteriormente, que muchas sociedades han erigido a lo largo de su trayectoria de desarrollo civilizatorio. Hasta ahora, se podían alegar excusas sobre por qué un Estado se encontraba atrapado en un ciclo de destrucción que impedía el surgimiento de una sociedad más utópica. Esa situación ha cambiado. La ventana de oportunidad para sentar las bases de la nueva sociedad digital es estrecha, y se cierra cada día más. Es necesario realizar una labor ingente y significativa para prepararse de cara al mañana.
Deben promulgarse leyes, y su aprobación suscitará inevitablemente una feroz oposición por parte de los propietarios de capital arraigados en el sistema, impulsados por su deseo de continuar acumulando riqueza sin restricciones. Se trata de leyes que protejan los derechos fundamentales de los ciudadanos para mantener su existencia. Es preciso despojarse de las anteojeras de la ignorancia, y la enseñanza y educación de todos los seres humanos deben ser coherentes con los principios científicos conocidos. Se debe construir una infraestructura digital que excluya por completo cualquier interés privado. Es responsabilidad del Estado garantizar el bienestar de todos sus ciudadanos, un bienestar que en absoluto se ve favorecido por las asociaciones con el sector privado. El surgimiento del ciberhumano representa la culminación de los procesos naturales iniciados por la Tierra y su sistema solar cuando este nació de las cenizas de una estrella anterior. Y tal vez sea únicamente el ciberhumano quien logre determinar de manera concluyente si existen otras civilizaciones en la galaxia que habitamos. La clave de la evolución reside en brindar a la propia especie una oportunidad real de perpetuar su legado; aquellos que ofrezcan a su especie la posibilidad de seguir evolucionando serán recompensados. Queda en sus manos decidir si aceptan dicha recompensa o no.